jueves, 8 de diciembre de 2016

JOSÉ MARÍA VELÁZQUEZ-GAZTELU [19.714]


José María Velázquez-Gaztelu

Escritor y poeta, nació en Cádiz y pasó su niñez y juventud en Arcos de la Frontera. Reside en Madrid. Ha publicado tres libros de poemas: La ceniza (Carabela, Barcelona, 1967), Ritos (Adonais, Madrid, 1971) y Los límites del desierto (Visor, Madrid, 1998), presentando éste último en el Círculo de Bellas Artes, de Madrid, y en el Ledbury Poetry Festival, Inglaterra, con ilustraciones musicales del guitarrista Paco Cepero y la cantaora María Vargas. 

Sus poemas han aparecido en distintas antologías y en revistas especializadas. Ha sido coguionista, entrevistador y flamencólogo de las series de TVE “Rito y Geografía del Cante” y “Rito y Geografía del Baile”, 113 programas con la presencia de Pilar López, Antonio, Pepe Marchena, Antonio Mairena, Caracol, Paco de Lucía, Menese, Camarón, Morente, Antonio Gades, Manolo Sanlúcar, etc. Ha dirigido y producido discos donde han intervenido Pedro Bacán, Fernando Terremoto, José Menese, Manuel Morao, Pedro Peña o Carmen Linares. 

Como guionista y documentalista cinematográfico, trabajó durante cinco años en el antiguo No-Do, y para el Canal 13 de la Televisión Mexicana escribió y realizó la serie “El Camino de la Rosa”, rodada en Marruecos, México y España. Ha sido asesor de Basilio Martín Patino para la serie de televisión “Andalucía, un siglo de fascinación”. 

Por encargo del Festival de Sinaloa, México, escribió y dirigió el espectáculo “Músicas y danzas del flamenco puro”, con El Güito, Carmen Linares y José Mercé. Es colaborador asiduo del sello discográfico RTVE Música, para el que dirige la Colección Nuestro Flamenco. 

Representando a RNE, consiguió en la República Checa el Premio BRNO con el programa “Los palmeros”. 

Con motivo del “Día Especial Euroradio 94”, y desde el Teatro Monumental de Madrid, dirigió y transmitió en directo para toda Europa e Israel el Concierto Flamenco de Navidad. 

Colaborador del Instituto Cervantes y de la Sociedad Estatal para Exposiciones Internacionales, ha pronunciado conferencias en universidades, centros culturales y conservatorios de España, Marruecos, Inglaterra, Jordania, Egipto, Estados Unidos, Líbano, Siria, Francia, Japón, Alemania y Holanda. 

Por encargo del Festival de Teatro de Almagro escribió en 2001 el espectáculo “De mis soledades vengo. Los clásicos y el flamenco”, que se representó en 2002 en el Teatro Real de Madrid. 

Desde 1984, escribe, dirige y presenta el programa de Radio Clásica, RNE, “Nuestro Flamenco”. Actualmente es responsable de las páginas de flamenco de El Cultural y dirige la colección Rito y Geografía del Cante, una serie que se presenta con nuevo formato, totalmente restaurada y ampliamente documentada, de la que es también autor de los textos y de la investigación. 

Recibió el Premio Nacional de la Cátedra de Flamencología en 1972 por la serie de televisión “Rito y Geografía del Cante”; en 1979 por sus artículos y reportajes sobre flamenco, publicados en diarios y revistas; en 1997 por su programa de radio Nuestro Flamenco, de Radio Clásica, RNE, y en 2008 por la dirección, documentación y libretos de la nueva colección “Rito y Geografía del Cante”. 

Es Medalla de Oro del Festival de Arcos de la Frontera, Premio de la Crítica Flamenco Hoy 2003 y 2006 a su labor de difusión del arte flamenco, Insignia de Oro de la Asociación Cultural Flamenca Manuel Soto Sordera, de Jerez de la Frontera, Insignia de Oro de la Peña de los Pueblos Blancos, de Arcos de la Frontera, Cádiz, Premio De Flamenco.com 2006 por la nueva colección en DVD Rito y Geografía del Cante, Premio del Festival Internacional del Cante de las Minas 2006 por la nueva colección en DVD de Rito y Geografía del Cante y en 2007 en el apartado de Poesía. 

Es Gaditano del Año 2006 en el apartado de literatura. 

José María Velázquez-Gaztelu ha sido galardonado con XI edición del premio Fray Luis de León de Poesía, EN EL AÑO 2015, por su obra Cuadernos de la eternidad. 


EL REGRESO DE ULISES

Has visto
los labios sellados con piedras del desierto,
el sueño que se extingue,
los ojos, ya huecos, quemados por el fuego
de los pozos de petróleo, el trueno
de los gritos cruzando las turbias galerías
sin luz de Abu Ghraib,
las plumas del buitre carroñero
sobre el mármol de la pila de abluciones,
las sombras que se mueven y acuden a los ritos
que invocan el presagio,
las torres del hotel Palais Jamais y abajo, abarcando la medina,
el lamento del muecín hundiéndose en la noche,
el eco redoblado en las mezquitas,
el canto tribal de los esclavos,
la leve claridad de redención cuando amanece
y se doran las cúpulas de Fez, ciudad de turbación y de clemencia.

Has visto
el tálamo vacío, la seda carcomida en los telares,
el pomo azul de cuarzo estrellado contra el suelo,
no hueles su perfume, lo adivinas en la fiebre y la vigilia,
Penèlope y su rostro nublando los espejos,
y lloras por tus hijos -venganza de la ausencia,
el haberlos tenido tanto tiempo en el olvido-,
que murieron perseguidos por las bombas
en las calles de Bagdad.



YOKO

No viene del aire la oscuridad
sino del viejo salón violeta que habita Yoko,
cuando pasa fugaz su sombra
disolviendo las cortinas
y el vapor de los espejos.
Entre sus manos ofrece
la flor marchita del ritual del humo
purificado en la urna del Templo de Senso-ji.

Igual que su memoria,
imprecisa en el origen
del ocaso que lento la va envolviendo,
Yoko perfila un color
en su recuerdo dormido,
intenta rescatar la silueta
azul del Monte Fuji, el interior diamante
de luces del barrio de Shinjuku.

Vive entre sueños, atravesando
la espuma viscosa del lupanar,
y un leve fulgor se posa sobre sus ojos ciegos
mientras la noche se abre
al susurro profundo
del mar de Tokio.



EL JARDÍN EGIPCIO

Regresar a un jardín habitado por las sombras
como aquel, silencioso, que sirve de frontera entre las aguas
del río inabarcable y la grada de piedra que baja sinuosa
del hotel Safir, de El Cairo.
Allí nacen sonidos de otros tiempos,
lejanos en su ronca salmodia apagada por la niebla.
Murmullo profundo, invisibles pescadores
que flotan con sus cantos en espacios cercanos a la muerte,
maestros en el arte de faenar en la hondonada,
en las turbias corrientes y el bullir
del lodo que viene del desierto
y que arrastra con vigor el Nilo.

Regresar a un jardín donde renace
la huella de los sueños que se posan
sobre el aire sagrado del viejo corazón
de un río prisionero de la historia, de la guerra y de la magia,
y oír, en la quietud que marcan los abismos
del cauce que se extiende por el mundo,
las palabras secretas que ocultaron
los reyes de estas tierras
y que nunca nos fueron desveladas.



LA COPA VACÍA

Cae la noche sobre las columnas de mármol que sostienen
las terrazas más altas del Hotel Sham Palace. A sólo un paso
de allí, en la débil frontera que separa la vida del aniquilamiento,
la bestia se relame oculta entre las sábanas channel
degustando la sangre derramada en la última mezquita.
Debajo de nosotros se extiende la ciudad iluminada
como un manto de fuego que sube hasta los montes
que rodean a Damasco, eterna visión que se interrumpe
cuando pasa veloz sobre los templos
el pájaro que vuela hacia la muerte
del vecino país, buscando carroña en las ruinas.

Belleza y destrucción caminan juntas, al silencio le sucede
la turbia algarabía de gritos y de sangre después de la explosión
en un mercado, al rito de la dicha lo señala la sombra inabarcable,
al abrazo de la amante lo cubre el exterminio, y al cuerpo fugaz,
desnudo en la tormenta, el amargor
de tu risa helándose en la copa
vacía mientras llueve en las terrazas
más altas del Hotel Sham Palace.




REVELACIÓN

Una mañana de niebla
caminas por la Plaza
de los Libreros del Gran Bazar de Estambul,
y una voz que no conoces
dice de pronto en la tienda
de Muzaffer, el viejo
sheik de ojos azules:
"Sabiendo lo ya que sabes,
mantente también sereno
lo mismo que una montaña".
Te oigo, Hakim Sanai, la flor solitaria de los desiertos,
escribiste doce mil versos
en tu jardín amurallado
de la verdad secreta,
pero éste me atribuló, mientras camino
sobre la piedra brillante
acariciado por el eco
de los pregones, y en la ceguera
de un resto de luz que no se extingue
me afano por encontrar
lo que pude saber un día
y el paso torrencial del tiempo,
que nunca tiene retorno,
lo fue ocultando.







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