sábado, 24 de septiembre de 2016

MIREYA ZÚÑIGA NOEMÍ [19.163]


Mireya Zúñiga Noemí 

(Antofagasta, 1941). Tecnólogo Médico de la Universidad de Chile y Publicista de la Escuela de Comunicación Mónica Herrera. Residió en Quito, Ecuador, por cinco años, y en Madrid, España, por dos. Seleccionada por la Fundación Nueva Poesía para ser incluida en el Libro Selección Nueva Poesía 2005, como resultado del Concurso Carlos Pezoa Véliz. Ha sido editada en diferentes antologías de poesía y narrativa, como en Plaza Italia, Antología de poetas y narradores (Colección IDEAS de Mago Editores, 2006). En Diciembre 2007 publica su primer libro: Montado en la joroba de un ángel (Colección Tránsfuga de MAGO Editores). En Octubre 2008 es incluida en la Antología Poética: Cinco veces en voz alta (Colección Tránsfuga de MAGO Editores). Su pasión por la poesía ha sido permanente, trabajando estos últimos años en el Taller Literario del poeta Raúl Zurita.


Desperté temblando entera

La transpiración estaba helada
Llovían sobre mi espalda
Orines de caballo

Cuando sueño contigo
Me traspasa la muerte una vez más
En cortejo de fúnebres alucinaciones:
Vaca abierta

Entonces dejo de pensar en ti y lloro
Me limpio la cara con la sal de mis ojos
Y cuando me lame el otro
Estoy amarga…

Desperté temblando entera
Como tantos otros amaneceres
Abismales.



Origen del fuego

Comenzamos a comernos
La tierra con amor

Y de tanto hablar
En forma de crepúsculo
Me siento más montaña que otros días

Comenzamos a bebernos
Los ríos y los mares

Y de tanto trasnochar
En forma de aurora
Me siento más valle

Así comiendo y bebiendo
El universo
Pasó

Y nos perdimos enlutados
En la lava
De algún trueno.



Abre el portón de tu alma

Mira:
De algún susurro nace una ventana

Mi amor inconmensurable
Cabe en un grano de mostaza

Oigo el jazz de los muertos
Canción vieja sin palabras

Dormías en el fondo de mis ojos

Allá:
Esquinas de mi estómago.



En la secreta casa de la noche

( De Poemas del País de Nunca Jamás.)
Jorge Teillier


En la secreta casa de la noche
Rumores escasos

Sollozos cruzando piedras
Lisas húmedas olvidadas

El cantar del hocico del tren oxidado
Se pierde con gran pavura

Un potro busca y busca la sombra de la jaca
Que sube la colina tomada de la cola de un cometa

Entonces regreso al sosiego de la casa de la noche
La secreta casa de la noche.




Casa patronal

El jorobado había preñado a la perra
Pobre perra hembra de hombre
Destinada a parir deformidad
Se estremecía y rezaba:
Ave María Purísima:
Virgencita que venga sano el huacho

Pasaron entre vómitos
Rezos lágrimas
Los meses necesarios:
Nació muerto el angelito
Venía con la espalda perfecta.




Dicho en voz alta

- Eres una mierda!

El eco subió a la montaña
Pasando por el valle
Dejó flores fallecidas

Una triste fumarola
Póstumo perfume 

Cadáveres de golondrinas
Cadáveres de pichones

Restos de nomeolvides

Cayó la mano sobre la hierba
Sobre la arena un brazo desmembrado
Ausencia de lágrimas 

Se curvó la espalda
Espalda rota
Se le pudrió la garganta al canario
Canario mudo
Agonizó el águila sobre las nubes
Águila ciega
Todo se rompió
Vaca vacía

- Cállate!




Sentado ausente

Nauseabunda grisura la del viejo

Tristura en su frente y en sus labios
Abandono

Nadie cercano solo lejura

Sentado ausente y gris
En la mecedora de la salitrera

Viento arena
Ripio duna

Un ave oscura
Gira gira

Mas el viejo se mece
Y espanta los deseos

Permanece el hambre
Permanece.




Hay un día feliz

“El musgo en la húmedas manos de las piedras”
Nicanor Parra


En las húmedas manos de las piedras
En el jardín fantasmal
De mi infancia lejura

Allá
En esos montes azules
Cerros de ripio y sal
Crecían las añaguas y las walchas

Melodía traviesa del mar de mis ensueños
Donde bailaban los delfines
Y las medusas brillaban en la arena
Recorría huellas de cangrejos
Me perdía en cuevas de piratas
Ojo tuerto

Allá
El musgo.




Por los ojos de la jaca

Y cuando en un abrazo le dijo: “Me voy”
pensó que estaba dormida

Ojos de salamandra
ojos de sapo tuerto
ojos de perro que quiso ser caballo
ojos de mula triste
de niña que vomita
de vaca agonizante

Ojos de prisionero
de cantante de moda y otros cantos

Que se tragan a la noche
a la virtud
a la muerte

Ojos que han estado en la vera
(que se han saciado de plasma)
nadando por monte ardiente
(que se han vestido de llamas)
trepando por tierras arcillosas y oscuras
(que se han chupado un limón)
un pasado y calaveras
(que se han perdido en las venas de animal momificado)

Batracios y reptiles
por los ojos de la jaca
van al jardín de la luna
(Lagartija sin sol
aflicción precipitada)

Ronda de mezquinos enanos y gigantes oscuros.

Lloró.



-¡Cómo aman tus ojos!

Recuperó la vista la tortuga
y los cegados tiraron las muletas

Hasta la escarcha abriga
se despertó la abeja
se secó la cloaca
y el asesino ha huido
y gira como trompo
por los tiempos transitados
del infierno

Huyen los gusanos
a parasitar los sepultados
dejando las carnes tiernas intactas
sin alfileres
ya no hay escupideras ni hospitales

Si eclosiona la rana
y estaba cristalizada de nieve
si aulla la rama
y era sorda la uva y el pez
si murmuran las palomas de marfil
y hacen ronda

Girasoles sonoros espían mi ventana
hilos de plata van por mis dedos crecidos
trenzas de añañucas reposan en mi espalda
parpadeo de jazmines mis herbosas enaguas

-¡Cómo aman tus ojos!
-¡Cómo besan los tuyos!



Divagares


II

Frente a mí tantas lenguas
que entender no podía

¿La oveja y el ovejo?
¿No era lagarto y lagartija?
¿La abeja y el abejo?
¿No era perro y perra perra y perro vagando
por los infinitos atajos estelares?

¿Deben las letras del abecedario desfilar
siempre tan neuróticamente ordenadas
comenzando por la a?

Mi abecedario ya no tiene a

¿Será por eso entonces que no puedo escribir padre
madre hija casa patria?

Debo encontrar la a?

¿Estará debajo de una piedra?
-¡Piedro!

¿Estará acechándome en la huella?
-¡Huello!

Voz doy sol soy
¿Hace falta la a?
Mar sal cal pan



Y mirada lapislázuli


I

Procesión de hormigas ciegas
Van al funeral de la niña
De pelo estambre amarillo
Y mirada lapislázuli

Fue de pronto un grito sordo
La fiebre coneja preñada
Parió grados y estertores
Y ya no sirvieron de nada
Las hierbas ni los emplastos
Las recetas de alto vuelo
Ni las manos de profetas
Sobre la almohada mojada


II

Murió la niña
De pelo estambre amarillo
Y mirada lapislázuli

Ciegas las hormigas todas
Cuencas hocicos rieles
Trenes cuencas hocicos
Acompañaron el duelo
El cortejo y las tristes campanadas
Que se oyeron a lo lejos
Al cubrir la tierra húmeda
La huesera de la amada.




Tu puerta

Al final del camino me esperaba tu puerta
Por eso seguía a pesar del agobio
A pesar del color de las golondrinas muertas
Seguía tu sombra, tu huella
Tu abandono pesaba en mi espalda
Adoptaba el ardor de infiernos temidos

¿Estaría abierta?
¿Te habrías encerrado con martillos y clavos?

Tardaba tanto para divisarla
Y el aire me faltaba

De pronto
Ya llego, ya llego a tu puerta
Ya llego a tu sombra, ya llego a tu huella

Lloro
El umbral está tapiado y cubierto de hierbas.



Desván

Grito perdido en la penumbra
descanso de la aurora
tren desvelado
llamas de rocío ardiendo
fantasma suelto
mar
noche enronquecida
por amapolas agrias
lúgubre espanto
graznidos
trenzas
relinchos
caracol hambriento
pezuña de pie herido
cajones
rodillas mordidas
por siniestros gavilanes
vientre escamoso
senderos de caballos sin cabeza
pena
tripas de muertos en garajes
intestinos temidos
ombligos gigantescos
dientes de invierno y vómitos
ojeras moribundas
perforadas violetas
aullidos de novia mutilada.



Ruge el mar

Ruge
Ruge entrañable hermano
En tu líquido amniótico
Caballos y arenques
Cuántos naufragios
Una pierna sola flota
Un gorro de marinero borracho
Gira gira gira

Ruge
Ruge entrañable amigo
En tus aguas verdosas
Crecen morsas y sardinas
En la superficie restos de gaviotas
Un buche de pelícano
Palma de pingüino oblicuo
Mira mira mira

Ruge
Ruge entrañable esposo
Olas encrespadas de celo del cielo
Olas crepusculares cuando me abrazas
Cuando me pierdo en tus entrañas saladas
La espuma me llena la boca
Como un póstumo beso
Lloro lloro lloro.




Sobre Huesos de mi último árbol, de Mireya Zúñiga Noemí. O porque 
escribimos poesía  a raudales. 
Ventana Abierta Editorial, 2012, Colección Mistral

Por Alberto Moreno


Estas son la afirmación y también la pregunta, que atraviesan nuestra loca y absurda geografía-literaria: Por qué escribe usted (Hahn); y la otra, anterior: Porque escribí (Lihn).

Leyendo hoy, verano 2013, a Mireya Zúñiga, intento responderme, como el lector obstinado que soy, y solo se me ocurre decir que lo hacemos porque encontramos en ello un espacio para desatar la llama doble que nos aferra a la vida. Escribimos poesía a raudales, puesto que en ese ejercicio solitario, renovamos, de forma misteriosa, casi a tientas, nuestro consentimiento por la vida, y decimos sí, un día más creeré en esto, por unos días más, no me entrego a la desidia o al olvido, ni a la mediocridad del sistema y su basura espectacularizada.

Si la poeta que es Mireya Zúñiga forjó, por años, este inmenso trabajo silencioso, luego yo no me entrego a la facilidad bobalicona del best seller de turno en la playa. No caeré en las trampas de la amnesia política del olvido, ni la medida justa de la mezquindad para el resto, ni menos aún, será mi voz, la reproductora de un discurso de canallas que no respetan a su gente, ni la tierra donde fueron paridos. Si Mireya elaboró palabra a palabra, amor tras amor, hueso tras hueso, entre sueño y pesadillas, toda esta obra inspiradora de amor y profunda disección de lo humano, yo debo ser mejor, o al menos, ser humilde y saber escuchar, parar por un momento, detenerme a saber qué hay ahí, cuál es ese misterio sin fin, de la escritura poética.

Y, por fortuna para nosotros, -como lo señala Zurita en su aproximación a la lectura de Huesos de mi último árbol-, su autora es parte de un espacio común de la poesía local, algo que podríamos imaginar como un hábitat poético-lírico, casi inagotable, de cofrades diseminados por el dispar territorio de la loca geografía; todos ellos pródigos en el arte de la palabra. Ciertamente, la poesía no es algo ajeno en este territorio. Pero por extraños motivos, sigue siendo lejana a muchos. Y aquí me detengo en la obra.

La poesía de Mireya Zúñiga es rica y abundante en bellas imágenes, plena de evocaciones radiantes, sin embargo no evade la profundidad del dolor o la angustia por el caos, el paso del tiempo, los sinsentidos naturales del amor humano, del abandono, o aquellos pasajes de la existencia donde pareciera que el tiempo y las cosas pasan porque si, sin concedernos derecho a una explicación,  y nada podemos hacer, excepto esperar que vengan otros nuevos hechos, para seguir adelante una vez más. Leamos:

Difunta

No abrí la ventana
No quería vuelo de alas ni luz

Morirse de a poco
Morirse rápido
Morirse para siempre

No ser 
No volver a ser

Obituario para mi soledad.

…..

La conversación de las pieles

Habíamos dejado el cerro
Donde solo se escuchaba algún grillo

Los dos
En nuestras soledades 
Nos utilizamos en vano.

Así encontramos que hay otros poemas suyos donde aparece el mar tormentoso, y lo destruye todo; paisaje no apto para la contemplación impávida o serena, este es un mar devorador, lleno de bestias y que solo trae tragedias para el hombre. O ciertas imágenes de la muerte que se repiten en la obra…diálogos con la muerte que perturban, y no pueden evitarse, pues en esta obra no hay impostura intelectual, ni dudosos pronósticos del porvenir:

Naufragio

I

El mar está salobre
inútil sus esfuerzos
es la cercanía del fin 

Profundo 
se ha tragado un naufragio
carga     niños    madres
a un viejo uniformado
Flota una gorra y un pañuelo

II

Qué triste es el susurro que sigue
a esta calma fallecida 
calma con dolor
calma con llanto
calma como diciendo adiós

III

Bajé hasta el abismo
del océano hambriento

Allí se lucha
los difuntos de dientes
son revoltura de espuma

IV

Siempre diezmar por seguir siendo.

Es regocijante como lector, verse, encontrarse en la experiencia de quienes habitan los paisajes de una obra, lejos del mesianismo y la profecía. Como ávido lector, admiro profundamente una escritura poética cautivante, que te lleva y trae por la escala infinita de las emociones, sin caer en la pedantería lingüística, en ese afán por querer demostrar cuánto se sabe de idiomas y ciertas disciplinas afines, muy sofisticadas y complejas, pero más cercanas a la retórica-académica y al esnobismo cursi, que a la genuina pasión por la experiencia peligrosa que es la poesía. 

Otra cualidad que me parece muy valiosa en el trabajo de Mireya; el diálogo entre generaciones, la intertextualidad como llaman algunos, el trasvasije poético, esa genial tendencia a ir de un autor a otro, de un estilo o época sobre la siguiente; ese desborde y derroche, vuelto procacidad e impudicia de la poeta, que habla con todos y resuelve su escritura, en la espesura de la noche, a veces como si anotara restos de una pesadilla o de un sueño indescifrable, en la libretita de la madrugada y el desvelo. Todo ello, sin desconocer a la mañana siguiente, a sus sabios vecinos, a sus camaradas mayores y menores.

Mireya sabe que su arte es fruto de un espeso bosque habitado por tantos otros, todos animales arrimados al mismo árbol, que abrevan del mismo río, que gustan de la misma savia. (Ya sabemos; hay quienes se pierden en esa espesura; hay quienes salen cada tanto de casería; hay los que no regresan más).

Veo en la autora de Huesos de mi último árbol, dos cualidades que siento imprescindibles en un magnífico poeta; profundidad en la mirada y amplitud en la profusión de registros, donde el autor-autora, sea capaz de moverse con amplia destreza. Por eso, voy entendiendo ahora, escribimos a raudales. Porque Mireya se adentra en el bosque de faunos y ninfas, y también porque navega en el mar de las palabras. Porque en su escritura, ella se lo juega todo. Lo apuesta todo, y es tal la calidad, la factura impecable de esta poesía, que ocurre algo extraño, pues resulta como si Mireya Zúñiga Noemí, hubiese escrito siempre esta poesía, y la recordásemos desde lejos, con solo leer uno de sus versos, instalada ya en un antiguo y prestigioso sitial…

Ha sido un nuevo juego gozoso descubrir a la gran poeta que es Mireya Zúñiga…ahí están sus arboles de raíces profundas, sus huesos de vida y muerte. Y ya no falta nada. Ella ha hecho un trabajo brillante. Y nos lo ha regalado.


Enero 24, 2013, Santiago de Chile.










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EUGENIO CASTILLO [19.162]


Eugenio Castillo Gil

(Santiago de Chile, 1983) Poeta chileno. 

Ha publicado Tachar donde dice Beatriz (Camino del Ciego Ediciones, 2014), en revistas literarias y actualmente prepara su segundo libro Rojo de mis azules. 

Ha sido insistentemente considerado por Raúl Zurita una de las más grandes promesas de la poesía chilena. 

Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales por la Universidad de Chile, se ha desempeñado como ayudante del curso "Derecho y Literatura" en esa misma casa.




Está salvada (Materiales para un poema de Eugenio Castillo Gil) 

“Tachar donde dice Beatriz” en Tachar donde dice Beatriz
(Los Ángeles: Camino del Ciego, 2014)

Por Joaquín Trujillo Silva 
Publicado en Letras de Chile / Septiembre de 2016


Primero, el poema:



Tachar donde dice Beatriz

Al principio tuvo que haber sido una madre.
Con una muerte la vida me premian y lo que me era invisible, se torna transparente.
En cuna y sin errores, bajo una pobre luz de virgen que amenazó y cumplió con embarazarse, alumbrando como si a este pobre sol lo echaran a competir con las demás estrellas.
Borrar a Beatriz del recuerdo, fue para mí, dar con la segunda, la tercera, la cuarta vez de Cristo.
Todo eso, hasta morir, hasta ganarme mi propio reflejo.
A mis primeros meses me hubiese gustado haber dicho: Dios, para tentarla, y luego mi nombre con todos sus apellidos, para acusarla.
Asco por la luz, lujo loco y susto obvio.
Tacho donde dice Beatriz y pongo Constanza en su lugar.
Los últimos serán los suicidas, luego, soy de los primeros. Por la luz y su asco, por la locura y su lujo, por lo obvio del miedo. Cristo insistido. De demonios que empeoran se va a tratar. De apagarnos y prendernos. Los últimos serán los suicidas y que levite la sombra.
Traigan al camello en bolsa y las partes buenas del perro, elegiré a mi padre y a mi alimento por su color.
Los últimos serán los suicidas.
Un sólo muerto, no cuento hasta dos, no me traigo mucho desde la verdad.
¡Mi madre se mató porque no quería esclavos, si hubiese querido hijos no se hubiese matado! ¡Está juzgada!, clama el demonio en todo su ronco derecho.
Su más honda imprecación es pronunciar lo que pueden los labios de Dios.



Margarita se ha suicidado (o ha cometido infanticidio, para ser precisos). En los versos 4.610 y 4.611 del Fausto I, el demonio Mefistófeles (ese burlón que a veces entretiene a Dios) sentencia: "¡está juzgada!" o "condenada" (según el traductor: "Sie ist gerichtet!", verso 4.610), es decir, la ley eterna se ha cerrado sobre ella, sobre la suicida (la infanticida), como el mar sobre las piedras de molino que en él se sumergen. “¡Está juzgada!, clama el demonio en todo su ronco derecho”, dirá Castillo Gil.

Ella ahora pertenece a ese príncipe.

Goethe no pudo soportarlo. Al Ur Faust agregó entonces un nuevo verso. En este verso una voz desde lo alto (al parecer la de un ángel), tras el "está juzgada", proclama: "¡Está salvada!" ("Ist gerettet!", verso 4.611).

Estos dos versos encierran, de alguna forma, la esencia del cristianismo en su cariz legal. Está salvada quien ipso iure (?) está condenada. Es un absurdo, visto de un lado; es Jesucristo, visto del otro.

La Beatriz de Dante no fue una suicida (ni una infanticida, para ser exactos). Su alto sitial en el Paraíso lo alcanzó en razón de sus méritos insondables. Visto desde este gélido punto de vista, toda la Divina Comedia es una jerarquización de los hijos (tras la muerte) de las buenas y las malas obras (de antes de la muerte), las que condenan, las que pueden purgarse y las que santifican (y no necesariamente una consecución de grados de logia secreta). “Todo eso, hasta morir, hasta ganarme mi propio reflejo”, dice Castillo Gil y luego: “Los últimos serán los suicidas, luego, soy de los primeros”.

Beatriz misma es un antejuicio, el de Dante. Su aparición en los últimos cantos del Purgatorio desmiente las ensoñaciones de Dante. Lo recibe con reproches mordaces, lo culpa de infidelidad, y para decirlo claro, lo quiere ver arrastrarse en el suelo. Dante llora, ella no se apiada. Varios cantos Purgatorio abajo, sin embargo, Dante ha expresado, por boca de hombres cargados, un deseo teológicamente poco ortodoxo. En su versión del Padrenuestro ellos piden a Dios: "No mires nuestro mérito" (“e non guardar lo nostro merto”, Purgatorio, Canto XI, verso 18).

En su libro Tachar donde dice Beatriz Eugenio Castillo Gil presenta estos asuntos pertenecientes a lo más nuclea del canon occidental literario. Su apuesta equivale a poner a Margarita donde está Beatriz. Dice con Goethe lo que Dante solamente se atrevió a sugerir en la forma de un deseo, nunca en la de una doctrina.

Tachar donde dice Beatriz equivale a poner a Margarita donde está Beatriz y harto más que eso.

"Borrar a Beatriz del recuerdo, fue para mí, dar con la segunda, la tercera, la cuarta vez de Cristo", escribe.

Nuestro padre fundador, Andrés Bello, hizo unas célebres traducciones de Victor Hugo, que llamó discretamente “imitaciones”. Como en su Cosmografía (un tratado de astronomía vigente), Bello intercaló en sus “imitaciones” a Chile (la dimensión de sus paisajes, la vista de sus mares, la textura de sus frutas), y con Chile buscó decirse también a sí mismo, esto es, a sus muertos.

Entre sus paisajes puso a Lola, su hija fallecida a corta edad. Victor Hugo no conoció a Bello ni menos a la pequeña Lola, pero seguramente hubiese aprobado esta apropiación indebida. El romanticismo fue esta apropiación de la vida genuina de la poesía. Las diatribas de Stendhal contra el antiguo Racine, y a favor de Shakespeare, nos recuerdan que entre los poetas griegos y los románticos desapareció la historia, ese purgatorio que, como dijo Dante, se lo mira sentado, acariciando la sensación del recorrido. Infierno y Paraíso quedaron frente a frente, como en el matrimonio de William Blake. Stendhal dijo textualmente que Sófocles había sido un romántico.

La tacha de Beatriz es entonces más que Margarita. El poeta Eugenio Castillo Gil ha tenido el atrevimiento de tacharla, recordar a Margarita y, sin embargo, poner ahí a Contanza. Contanza no es una Beatriz ni una Margarita, no es una novia, es una madre: su propia madre. Su nombre es Contanza Gil. Es la Lola de Bello, pero, en este caso, el demonio también grita: "está juzgada" ("¡Está juzgada!, clama el demonio en todo su ronco derecho. / Su más honda imprecación es pronunciar lo que pueden los labios de Dios")

 En la presentación de este libro capital, Raúl Zurita recordó a Rimbaud. Este es un recuerdo preciso. El mismo libro comienza con la cita al conde de Lautremont, la rara Francia en Montevideo. El cielo, dice Rimbaud, debe ser tomado por asalto. Esta inscripción pone en ejercicio ese asalto. Escribe en "Seríamos familia":



“¡Ay!, ¡si por abrazarlo huiste de la posible cacería de mis
afectos, por no tenerme toda la paciencia del mundo,
trabo contra ti, madre mía, mi pequeña venganza, y clamo
porque ése, tu Dios, haya sido forjado a mi imagen y
semejanza!”



Como se ha dicho, los juegos con Rimbaud y Lautremont rebasan el libro ("Te toqué la nariz, punta de lanza que se abre paso a través de la bestia para salir a respirar”, dice en "Tiempo"). Estamos hablando de un poeta chileno. Pero entre sus referencias se dejan escuchar más Dante, Goethe, Blake, los malditos franceses. Pareciera que Castillo Gil no pertenece a las formulaciones de nuestra lengua materna. Nos retrotrae a poetas a quienes se conoce en general en Chile e Hispanoamérica a través de traducciones, que suelen ser despreciadas —a menudo supersticiosamente— por ser la sombra del original. Como ha escrito Claudio Magris, precisamente en estas traducciones radica el espesor de nuestra cultura; él dice que es en la calidad de esta "segunda mano" donde se decide nuestra amplitud.

En el sentido del libro de Génesis y el Evangelio según San Juan, Castillo comienza sugiriendo: "Al principio tuvo que haber sido una madre", esto es —según Dante en el Canto XXXIII del Paraíso— la "figlia del tuo figlio" (“hija de tu hijo”, la madre del verbo) gracias a la la cual, siguiendo con Dante, el creador se vuelve criatura, el artesano se transforma en su artesanía. Así con la mujer. “Y al hombre, al hombre lo pondría en cuatro patas".                                
Hemos dicho que Dante ha tenido un deseo un tanto impronunciable. Antes ha llorado, se ha desmayado en vista de los castigos:

En alguna medida importante, la originalidad de la poesía de Castillo Gil depende de su traducción. Es una poesía que ha sabido traducir a Dante, a Lautremont, a Rimbaud, a Rilke a la vida, o mejor dicho, a su propia vida, la de Castillo. A su vez, como en pocos casos esta poesía puede ir de vuelta. Aparece en una dimensión compartida con los aforismos presocráticos. Su traducción es tan factible porque habla desde una lengua un tanto neutra y su valor no reside tanto en su música, en su sonoridad, en su textura, sino en la vitalidad de su idea.

A Degas se le dijo que la poesía no se hacía de ideas, y esta ars poetica ha funcionado como lugar común contra eso que George Steiner ha titulado “la poesía del pensamiento” quizá como forma de continuar —pero no de ida; más bien de vuelta— una labor reinaugurada por George Santayana en Tres poetas filósofos, Lucrecio, Dante y Goethe. Pues bien, aquí yace desmentido, aunque no en toda su extensión, esa poética contra el logos, esa “designación del ser” (Steiner) por la vía del ser.

Este libro es también un cadáver. Lo conocí más largo y recitado de memoria por su autor. El Fedro de Platón y el Zaratustra de Nietzsche laten en esta manera primordial de escribir. Más bien la escritura es el desperdicio de la memoria. La memoria (que en nuestros sistemas educativos goza de mala prensa) cuando es poética acompaña la vida de quien la posee. George Steiner cuenta que en el liceo francés debía aprender diariamente cien versos, por ejemplo, de Racine. Todavía, hasta antes de los audífonos, muchas personas tatareaban y silbaban en la vía pública, escuchándose desde los otros. Es decir, se acompañaban desde sí mismas en el recuerdo riguroso. La poesía rescatada de los libros es exhumación. Conocerla de memoria es el acompañamiento de la existencia. Conocer la propia poesía de memoria es además el saberla imprescindible.

Lawrence Venuti, en The Scandal of Translation, propone que la traducción domestica la cultura extranjera. Pero hay que ver, sin embargo, el mundo que emerge de las traducciones. Cuando en este polvo se conserva el amor y se sopla o se modela la vida.

La de Tachar… es una poesía escrita en un español que puede ser llamado de traducciones, del siglo XIX o del futuro; un español de convergencia, en el cual se reconoce apenas el lugar desde el cual se escribe. Eugenio Castillo no es un poeta chileno en el sentido que lo es Parra. Chile apenas se trasunta. Si la aldea de Tolstoi debía ser descrita para con ello describir el universo, aquí el universo debe ser descrito para que la aldea sea, así como lo propuso Andrés Bello.

Fausto vivió antes y después de Goethe, pero después concitó variaciones sobre el tema de Goethe. Cada personaje será entonces un asunto. El Mefistófeles de Boito, la Margarita de Gounod, el Fausto "católico" de Lenau que obsesionaron las notas de Wittgenstein. Entre esas variaciones quiero detenerme, para efectos de Tachar…, en la "leyenda dramática" de Berlioz, que se basó en la traducción francesa que Gerard de Nerval hizo del Fausto de Goethe. Este Fausto —La condenación de Fausto de Berlioz—, fue primero un opus 1 de ocho canciones; muy posteriormente, una obra sin género conocido, entre ópera imaginaria y oratorio teatral, con una marcha húngara en su interior que no sé sabe bien a qué vino, pero que devino su sección más conocida.

Pues bien, en La condenación precisamente Fausto se condena. Fausto recién contrata con Mefistófeles hacia el final, cuando en la cuarta parte entrega su alma a cambio de salvar la de Margarita. En medio de los demonios enseñoreados sobre Fausto y Margarita, los ángeles concurren a recuperar lo que les pertenece por obra de Fausto. La variación de Berlioz, sobre la cual insistió tanto, es una negociación del hombre con el demonio para salvar a la mujer. La voz que agregó Goethe que dice "está salvada" ha enmudecido, o mejor, ha sido pospuesta, una vez Fausto se ha condenado para salvar, se ha condenado por amar, ha reemplazado a Cristo por amor no hacia todos, sino por amor de un ser específico, Margarita. Un anticristo (un reemplazante), no de los océanos, sino de una pequeña noria. Este reemplazante que se ha enfrentado a uno de entre tantos demonios, al burlón, ¿es el poeta que no puede sino agregar sus palabras a las ya superiores del Salvador? No se agregue ni se quite una palabra a esta escritura, advierte el apóstol Juan cerrando el Apocalipsis, y con él, la antología celestial que llamamos Biblia. Mucho ojo, no se trata de la blasfemia, que es una oposición. El libro debe continuar. Como en el Antitheos de Hölderlin, contra Dios pero en el sentido de Dios. Castillo Gil dice simplemente: “Al principio tuvo que haber sido una madre”. Con esta sugerencia —como, aunque categórico, Juan en su evangelio— abre el poema. Pero sus elementos luciferinos van merodeando el trono celestial. Escribe en “Mi piedad por la mañana/ Seis comienzos, I”:



¿Qué fuego que antes se combó en lo alto, como
un rezo que amagara a Dios, se esconde en la diestra y
aparece por la siniestra como queriendo ser leído?



Este carácter se trastorna luego. En otro poema —“Blasfemia”— donde ya no hay principio ni fin (pero la muerte es proclamada como “principio”), sólo hay mitades, y el diabólico estruendo de querer “A Cristo partido por la mitad”. Sobre este otro poema no tengo nada que decir. Cumplo con reproducirlo:



“¡Que la muerte principie!,
el final del final,
que el Cristo sienta mitades,
¡que las cosas se partan por la mitad!
El comienzo de los siglos,
forzosamente en la mitad,
el gran Todo empezado, por la mitad.
Vean aquí al espíritu, doblado.
Se encuentra con su carne en el pasado.
Y aunque clame mi madre porque no sea verdad,
¡quiero al Cristo partido por la mitad!
¡No le iré a la muerte con toda mi vida!
¡Le digo: muere más, al que tan sólo moría!”

Y, sin embargo, dice en “Al cantor":

“¡Ese hombre santo, se empeoró para poder morir!
¡Lo acribillaron, lo despedazaron!,
porque de otro modo, no cabía en la muerte.”








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